La piña al revés en Mercamío Cali Sur
Era un miércoles cualquiera en Cali. Había pasado casi todo el día tratando de arreglar una base de datos que alguien externo había intentado joder. Logs raros. Accesos que no debían estar. Consultas sospechosas que no cuadraban con nada de lo normal. Pasé horas revisando registros. Cerrando puertos. Cambiando claves. Rastreando direcciones IP. Al final logré contenerlo y dejar todo estable otra vez. Pero salí de la oficina con la cabeza cargada. Los hombros tensos. La mandíbula apretada de tanto concentrarme. Y ganas reales de despejarme un rato antes de llegar a la casa y quedarme mirando una pantalla otra vez.
Fui a Mercamío en jean y un polo simple. Sin ninguna pretensión. El polo era oscuro. El jean de siempre. Zapatillas cómodas. No tenía muchas ganas de hacer mercado. Solo necesitaba un par de cosas básicas para no tener la nevera vacía. Leche. Pan. Huevos. Algo de fruta. Caminaba entre los pasillos con el carrito casi vacío. Mirando sin mucha atención. Cuando la vi.
Una pareja joven. Ella empujaba el carrito con calma. Mirando las frutas con atención. Tocando algunas. Dejando otras. Él iba a su lado. Medio distraído. Revisando el celular de vez en cuando y levantando la vista solo para no perderla. En el carrito. Entre las verduras. Unos paquetes de carne. Algunas botellas de agua. Un par de cosas más. Había una piña colocada completamente al revés. El mensaje era claro y directo. No había forma de confundirlo.
Yo no iba a comprar piñas. Ni siquiera me llaman especialmente la atención. Casi nunca las compro. Pero me detuve un segundo frente al estante. Tomé una. La sopesé. La di vuelta exactamente igual que la de ellos. Y la puse en mi carrito sin decir nada. Seguí caminando como si nada hubiera pasado. Como si solo estuviera terminando mi compra del día.
Nos topamos en la fila de la caja. Había dos personas adelante. Una señora mayor que revisaba cupones con calma y un tipo que pagaba con tarjeta y se demoraba buscando el celular. Ella me miró de reojo un par de veces. Primero rápido. Después un poco más sostenido. Luego bajó la vista a mi carrito. Vio la piña al revés. Y sonrió apenas. Casi sin mostrar los dientes. Una sonrisa pequeña. Contenta. Como si hubiera confirmado algo. Se acercó un poco mientras esperábamos que la cajera terminara con la señora de adelante.
La piña. Dijo en voz baja. Casi un susurro. Señalando primero la mía y después la de ellos con un movimiento discreto de la cabeza.
Asentí sin sonreír demasiado. Solo un movimiento lento de cabeza. Nada exagerado. Nada que llamara la atención de los demás.
Era delgada. Atlética. De esas que se nota que se cuidan y entrenan con constancia. Cuerpo tonificado. Hombros definidos. Cintura marcada. Rubia. Cabello recogido en una coleta suelta que le dejaba el cuello descubierto y algunos mechones pegados a la sien por el calor del día. Nariz respingada. Labios finos. Ojos claros. La camiseta ajustada dejaba ver la forma de su pecho. Más adelante confirmaría que tenía senos pequeños y firmes. Llevaba leggins negros que le marcaban el culo y las piernas con precisión. Él a su lado se veía mayor. Unos diez años más. Con cara de profesional serio y tranquilo. De esos que hablan poco en público y observan más de lo que dicen.
Mientras la cajera pasaba los productos uno por uno. Charlamos bajo. Casi sin que los demás se dieran cuenta. La fila avanzaba lento. El sonido de los códigos de barras y las bolsas llenándose llenaba el espacio. Me preguntaron qué hacía por ahí a esa hora de la tarde. Les dije que estaba en modo Uber Platform. Que había venido a cargar el mercado y después seguía mi camino. Que el día había sido largo y pesado.
Ella sonrió otra vez. Esta vez un poco más abierta. Mostrando un poco más de interés. Él guardó el celular en el bolsillo. Miró hacia otro lado un segundo. Como pensando. Y después habló. Con voz calmada y segura.
Si quieres te damos una levantada. Hacemos un desvío. Un poco inusual.
Acepté sin pensarlo demasiado. No había nada que me esperara con urgencia. Y la señal ya estaba dada desde la piña.
Subí a su carro. Era un vehículo amplio. Limpio. Por dentro olía a ambientador suave. Algo cítrico y fresco. Ella iba de copiloto. Él manejaba con calma. Sin prisa. Durante el trayecto me contaron quiénes eran con naturalidad. Sin rodeos. Ella se llama Valentina. 28 años. Médica psiquiatra. Trabaja en una clínica privada del norte. Él se llama Andrés. 38. Cardiólogo. Atiende en un centro especializado. Casados desde hace unos años. Sin hijos. Viviendo en Ciudad Jardín. Hablaban sin exagerar. Como personas acostumbradas a decir las cosas directo y sin dramatizar. La conversación fluyó fácil.
El desvío no fue tan desvío. En menos de quince minutos terminamos frente a su casa. Una de esas construcciones amplias de Ciudad Jardín. Con antejardín cuidado. Césped parejo. Portón eléctrico que se abrió con un control remoto. Y más atrás una piscina que se alcanzaba a ver desde la entrada. El sol de la tarde pegaba todavía con fuerza. La luz era dorada y caliente.
Entramos. La casa olía a limpio y a algo dulce. Como ambientador caro mezclado con madera y un toque de ropa recién lavada. El piso brillaba. Me ofrecieron agua. Yo dejé las bolsas de mercado a un lado. Cerca de la puerta de la cocina. Y miré primero a Andrés.
Antes de que sigamos. Le dije con calma. Sin alzar la voz. Dejo algo claro. Si vamos a hacer esto. Mando yo. Tú no la tocas. No te vienes. No hablas a menos que yo te lo pida. Te sientas donde yo te diga y solo miras. ¿Quedó claro?
Andrés me sostuvo la mirada un segundo. Asintió despacio. Y contestó sin dudar.
Quedó claro.
Valentina estaba de pie cerca de la isla de la cocina. Con los brazos cruzados sueltos y la coleta todavía en su lugar. Le hice seña con la cabeza. Se acercó sin prisa. La tomé de la nuca y la besé. Primero despacio. Sintiendo cómo abría la boca y me recibía. Después con más fuerza. Metiéndole la lengua. Respondió de inmediato. Con ganas. Apoyando las manos en mi pecho. Le subí la camiseta y se la quité por la cabeza. Confirmé lo que había imaginado desde el supermercado. Senos pequeños. Firmes. De areolas rosadas claras y pezones ya duros. La piel se le había puesto un poco de gallina. Le baje los leggins junto con la tanga de un solo movimiento. La cuca era rosada. Completamente afeitada. De labios finos. Y ya estaba visiblemente mojada. Brillaba bajo la luz de la cocina.
De rodillas.
Se arrodilló sobre el piso frío de la cocina. El contacto con el suelo la hizo inhalar corto. Me abrió el jean. Sacó mi verga. Y se la metió en la boca. Empecé a moverme despacio. Sujetándole el cabello rubio con una mano. Sintiendo la humedad y el calor de su boca. Después más profundo. Babeaba. Se escuchaba el sonido húmedo de su boca. La respiración de ella volviéndose más pesada. Y el silencio de Andrés al fondo. Él se había sentado en una de las sillas altas de la isla. Exactamente donde le indiqué. Sin abrir la boca ni moverse. Solo mirando.
Cuando ya estaba completamente dura. La levanté con facilidad y la llevé hacia el patio. La casa se abría completamente a la zona de la piscina. El agua se veía quieta y azul bajo el sol de la tarde. Había un par de camastros blancas. La recosté en una de ellas. Me puse el condón. Le abrí las piernas. La cuca brillaba todavía más con la luz. Se la metí de un solo empujón hasta el fondo. Valentina arqueó la espalda y soltó un gemido largo y bajo que se escuchó claro en el patio.
Empecé a cogerla con ritmo fuerte y profundo. Cada embestida hacía que su cuerpo delgado se moviera sobre la camastro. El material crujía un poco bajo nosotros. Le sujeté las muñecas arriba de la cabeza y la obligué a mirarme.
Dile a tu marido cómo se siente.
Con la voz entrecortada. Casi jadeando. Dijo.
Se siente gruesa. Me está abriendo. Me gusta que mandes.
La volteé en cuatro. Le agarré el pelo y se la empecé a meter con más fuerza. Le di varias nalgadas que sonaron claras en el patio abierto. La piel de su culo se puso roja de inmediato. Se vino apretándome. Temblando. Con un gemido ahogado contra el brazo de la camastro. Seguí un rato más sin soltarla. Después la puse encima de mí y la hice moverse al ritmo que yo marcaba. Sujetándole la cadera. Me vine dentro del condón. Profundo. Apretándola contra mi cuerpo.
La dejé recostada en la camastro. Respirando agitada. Con las piernas entreabiertas. El cabello desordenado. Y el pecho subiendo y bajando. El sol ya empezaba a bajar de verdad. Le dije a Andrés sin casi mirarlo.
No la toques todavía.
Me la cogí una segunda vez. Más despacio. Mirándola a los ojos mientras el sol de la tarde terminaba de bajar sobre Ciudad Jardín y la piscina se teñía de tonos naranjas y rojos. Andrés se quedó en silencio todo el tiempo. Sin moverse de la silla. Cumpliendo exactamente lo que le había ordenado.
Cuando terminamos. Nos vestimos sin prisa. El aire del patio ya estaba más fresco. Antes de salir. Todavía dentro de la casa. Porque para afuera eran una pareja respetable. La tomé de la nuca otra vez y la besé con lengua. Profundo. Saboreándola un momento más. Cuando nos separamos. Valentina me miró a los ojos y me pidió el WhatsApp. Se lo di sin decir mucho. Solo el número.
Desde ese miércoles me manda fotos de ella desnuda. Algunas en la cama.
Otras frente al espejo del baño. Otras con la cuca ya húmeda y una nota corta debajo.
A veces solo una foto.
A veces dos o tres seguidas. Sabemos los tres que va a haber más encuentros.
La historia no terminó en esa casa con piscina. Apenas empezó.
Si quieres ser cornudo y estás en Cali.
Ya sabes dónde buscarme.
Tu esposa es mía.







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