Han pasado ya muchos años... tal vez dos largas décadas desde aquella noche que me cambió la forma de mirar el transporte público. Desde entonces, creo que me he masturbado una cantidad incontable de veces pensando en él. En su perfil en penumbra, en la forma en que el mundo seguía girando afuera mientras nos despojábamos de la decencia en el rincón más transitado de la ciudad.
Pero lo de hoy... lo de hoy ha sido completamente distinto. Estaba ahí, sentada frente a la pantalla, escribiéndole a un chico por el chat. Contándole los detalles más crudos, más jugosos, abriéndome de par en par. Y mientras las palabras empezaban a fluir, la memoria se convirtió en una chispa que prendió todo mi cuerpo por dentro. El calor subió desde el vientre, volviéndose espeso, exigente.
(Una pausa... respirar hondo sintiendo cómo la piel se eriza).
No lo soporté. Tuve que interrumpir la conversación en seco para confesarle lo que estaba a punto de hacer. Me levanté o estiré la mano con urgencia, fui por mi Satisfyer, lo acomodé directo entre mis piernas y le escribí al chico del chat exactamente lo que estaba pasando: "Voy a empezar a usarlo mientras te sigo contando". Las pulsaciones comenzaron a latir rítmicamente contra mi clítoris, mientras mis dedos, temblorosos, seguían tecleando cada pensamiento prohibido. Estaba empapada, entregada al vicio de revivirlo todo.
Ojalá... ojalá el chico del bus supiera todas las veces que me he venido pensando en él. Justo como lo estaba haciendo en este mismo instante, con el juguete zumbando bajo mi ropa interior y la pantalla brillando en la oscuridad de la habitación. Supongo que el chico al otro lado del chat también estaba con el pulso a mil, mordiéndose los labios, sintiendo una deliciosa y malsana excitación al leer cómo mis recuerdos se convertían en tinta húmeda.
(Un silencio breve, dejando que el zumbido del juguete marque el compás de los latidos).
Hoy, con la distancia de los años, sigo haciéndome la misma pregunta: ¿por qué diablos me bajé de ese bus sin despedirme, sin regalarle una última mirada a sus ojos? Quizás fue una mezcla de timidez absurda, de ese miedo repentino a que la realidad rompiera el hechizo... o quizás, muy en el fondo, era un juego perverso, el deseo secreto de que él se bajara detrás de mí, de que me persiguiera por la acera oscura. Recuerdo que ese día, al pisar la calle, no giré la cabeza de inmediato. Caminé despacio, con pasos deliberadamente lentos, esperando el sonido de sus pisadas a mi espalda, esperando sentir su aliento caliente rozando mi nuca otra vez. Pero el bus cerró sus puertas y continuó su ruta. Y yo me quedé con las ganas.
Mientras la vibración sigue subiendo de intensidad y mi cuerpo se arquea ligeramente sobre la cama, el olor vuelve a mí. Dios... cómo vuela mi mente todavía. No sé qué me ponía más perra, si su perfume o el olor natural de su piel mezclada con el calor del día. No olía a la fatiga agria del trabajo, no. Olía bien, a hombre limpio, a cercanía peligrosa. Y hoy, al recordarlo, no puedo evitar lamentar aquel momento exacto en el bus: cuando él puso su mano firme sobre mi rodilla, intentando deslizarla más arriba, hacia la apertura de mi pantalón, y yo... yo lo detuve con un leve gesto, con una negativa sutil que solo pretendía que él se concentrara en su propio placer.
Si supiera. Si tan solo hubiera imaginado que yo iba chorreando, que mi ropa interior estaba completamente mojada, que me moría de ganas de que me metiera la mano ahí mismo, enfrente de todo el mundo.
Llegué a mi casa directo a la ducha aquella noche. El agua caliente cayendo sobre mi piel no lograba enfriar el fuego que él había dejado sembrado. Me tocó las piernas, los muslos, recordando cada segundo en ese asiento apretado, los rostros de la gente cansada que no tenía la menor idea del festín prohibido que ocurría a centímetros de sus caras.
Siempre me quedará esa espina clavada en el alma: ¿se habrá masturbado él también pensando en mí? ¿Se acordará todavía, tantos años después, de la mujer anónima que le vació las ganas en la mano y desapareció entre la multitud? ¿Recordará mi rostro, ese mismo rostro que esquivé deliberadamente para que nunca supiera quién era?
(Una pausa más larga, cerrando los ojos, dejando que la respiración se vuelva corta y entrecortada).
El cuerpo me tiembla entero. La fricción del Satisfyer es casi insoportable, de lo buena que es. El orgasmo se me viene encima, abriéndose paso desde la base de la columna hasta la punta de los dedos. Pienso en sus susurros de aquella noche, en la forma en que contuvo el aliento cuando se vino en mi mano, y una melancolía hirviente, bellísima, me inunda el pecho justo en el momento en que el clímax estalla y me recorre en oleadas eléctricas.
Le advertí al chico del chat que iba a escribir todo esto, que iba a plasmar la segunda parte de nuestra conversación en un relato. Y aquí estoy. Acabo de atravesar un orgasmo brutal, con las piernas flojas y el corazón galopando, escribiendo estas últimas líneas mientras acerco la mano a mi cara y mis dedos huelen a mí...








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