El zumbido del letrero de neón de la habitación del fondo nos recibía con la misma precisión de siempre. No hacía falta hablar; cruzar esa puerta significaba dejar el mundo exterior en pausa y activar el mecanismo exacto de nuestra costumbre.
Apenas cerró con seguro, sacó de la bolsa el conjunto de encaje negro que había elegido para mí. Me ayudó a ponérmelo con una calma deliberada, sus dedos recorriendo mi piel con la memoria intacta de cada rincón de mi cuerpo.
—Baila para mí —pidió con voz ronca, recostándose en el borde de la cama.
La música tenue acompañaba cada uno de mis movimientos. Me moví despacio frente a él, sintiendo el calor de su mirada fija siguiendo el compás de mis caderas. La lencería no era un obstáculo, sino el marco perfecto de la escena. Él no permitía que me la quitara; se acercó, deslizando la tela con paciencia milimétrica, apartando el encaje lo justo para morder, besar y marcar el ritmo de la expectativa.
Cuando la tensión entre nosotros era insostenible, me tiró hacia la cama. Las caricias previas se desvanecieron para dar paso al hambre acumulada. Me giró con firmeza, guiando cada movimiento mientras su cuerpo se fundía con el mío en una posesión total, explorando cada espacio, cada rincón, sin dejar una sola zona de mi cuerpo sin saciar en esa misma cama donde el tiempo parecía no transcurrir jamás.
Entre susurros rotos, sudor y la fricción constante de la lencería corrida a la fuerza, nos entregamos al ritmo salvaje de sabernos únicos el uno para el otro, repitiendo la certeza de que, sin importar los meses, siempre sabríamos exactamente dónde encontrarnos.








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar