Hace poco me dio por escribir de los cuck, esos hombres que encuentran excitación sexual en saber, imaginar o presenciar que su pareja tiene relaciones con otra persona. Pero varias preguntas me quedaron rondando ¿y qué pasa cuando es una mujer quien disfruta de ver a su pareja con alguien más? ¿El deseo funciona de la misma manera? ¿Los celos, la humillación y el placer significan lo mismo para hombres y mujeres?
Porque claramente existen las cuckqueen, y sospecho que detrás de esa fantasía hay asuntos bastante más interesantes que el simple gusto por compartir al marido o al novio.
Empecemos por aclarar algo. Una cuckqueen es una mujer que encuentra excitación en imaginar, saber o presenciar que su pareja mantiene encuentros sexuales con otra persona, generalmente otra mujer. En algunas fantasías aparece la humillación, en otras los celos, la comparación, el voyeurismo o incluso el placer de ver disfrutar a alguien a quien se desea. No necesariamente tiene que ocurrir en la realidad. Y cuando ocurre, estamos hablando de acuerdos entre adultos, no de infidelidades disfrazadas de modernidad.
Ahora bien, ¿es exactamente lo mismo que ocurre con los cuck? Yo no estaría tan seguro...
Y no porque exista un misterioso cerebro femenino que funcione de manera radicalmente distinta al masculino. Esa explicación me parece demasiado cómoda, tonta. El asunto es que hombres y mujeres no han ocupado históricamente el mismo lugar frente a la sexualidad, la fidelidad y el reconocimiento del otro. Al hombre tradicionalmente se le ha exigido conquistar, poseer, satisfacer y, sobre todo, no dejarse reemplazar. A la mujer, en cambio, se le ha enseñado con frecuencia que buena parte de su valor está en ser elegida, preferida y suficientemente deseable para conservar la atención de su pareja.
Así que, mientras para algunos hombres la fantasía cuck puede jugar con la pérdida de una supuesta superioridad masculina, para algunas mujeres la fantasía cuckquean podría poner en cuestión la necesidad de ser la única para sentirse deseada. Y aquí es donde la vaina se pone interesante...
Porque una mujer puede encontrar excitante ver a su pareja deseando a otra sin que eso signifique necesariamente que quiera sentirse inferior, reemplazada o humillada. Puede excitarla precisamente descubrir que el deseo de su pareja no es algo que ella pueda poseer por completo. Que ese hombre al que conoce, con quien duerme, discute y comparte la cotidianidad, también puede aparecer ante sus ojos como alguien deseante, alguien que conserva una dimensión que no le pertenece exclusivamente. Curioso, ¿no? A veces la familiaridad domestica tanto el erotismo que volver a mirar al otro como alguien capaz de despertar deseo fuera de la relación puede devolverle algo de su misterio.
El deseo no se explica simplemente por la posesión de un objeto o por la satisfacción de una necesidad. Deseamos también a través del deseo del otro. Nos inquieta saber qué desea, por qué lo desea y qué lugar ocupamos nosotros en ese universo que nunca terminamos de conocer. Y en la fantasía cuckqueen aparece la pregunta ¿qué encuentra él en otra mujer que no encuentra en mí? se me hace provocadora, pero cuidado, porque esa pregunta no tiene que vivirse necesariamente como una tragedia. A veces puede transformarse en el motor mismo de la excitación.
La otra mujer puede representar aquello que la protagonista imagina que le falta: una belleza distinta, otra manera de seducir, otra forma de relacionarse con el placer. No porque realmente exista una mujer completa que posea todo lo que a las demás les falta, sino porque el deseo suele alimentarse de esa ilusión. No es que la otra tenga necesariamente algo que ella no tiene. Es que la otra puede encarnar, dentro de la fantasía, aquello que se supone capaz de despertar el deseo de él.
Y entonces la escena deja de tratarse exclusivamente de sexo. Se convierte en una pequeña representación de nuestras inseguridades, nuestras curiosidades y nuestras contradicciones.
¿Quién soy yo cuando no soy la única? ¿Pierdo algo de mi atractivo porque él desea a alguien más? ¿O puedo descubrir que mi lugar en su deseo no depende de eliminar a todas las demás?
No todas las mujeres responderían igual. Y mucho menos todas encontrarían excitantes esas preguntas. Algunas pueden disfrutar de una posición aparentemente subordinada, incluso de una humillación cuidadosamente acordada. Para ellas, la comparación o los celos pueden formar parte de la experiencia erótica. Otras, por el contrario, pueden encontrar placer en organizar la escena, decidir los límites, escoger con quién y cómo ocurre. Algunas disfrutan mirando. Otras prefieren imaginar. Y otras pueden excitarse simplemente al saber que su pareja es deseada por alguien más.
Hay una paradoja deliciosa en todo esto, y es que una mujer puede fantasear con ceder la exclusividad sexual sin renunciar en absoluto a dirigir su propia experiencia de placer. ¿Quién tiene entonces el control? ¿La mujer que observa? ¿El hombre que participa? ¿La tercera persona que despierta el deseo? Quizá la gracia de la fantasía esté precisamente en que esas posiciones pueden cambiar.
Y no olvidemos a esa tercera mujer, porque tampoco es simplemente un accesorio puesto allí para satisfacer una fantasía ajena. Tiene su propio deseo, sus propios límites y un lugar activo en la escena. Reducirla a un instrumento sería repetir esa vieja costumbre de creer que el deseo de los demás existe únicamente para confirmar el nuestro.
Ahora quisiera hablar de los celos. Se supone que los celos son enemigos del placer. Nos han enseñado a interpretarlos como señales de amenaza, inseguridad o pérdida. Pero no siempre funcionan de una manera tan sencilla. Dentro de ciertas fantasías consensuadas, la incomodidad de imaginar a la pareja con alguien más puede mezclarse con la excitación. No todo aquello que nos moviliza eróticamente es necesariamente cómodo, agradable o tranquilizador. A veces encontramos una satisfacción difícil de explicar precisamente donde aparece una contradicción, una tensión o algo que cuestiona la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Esto no significa que sufrir sea excitante para todas las personas, ni que los celos dolorosos sean una prueba de amor. Significa que, para algunas, la fantasía puede convertir una emoción habitualmente desagradable en parte de una experiencia deseada.
También existe una posibilidad menos tormentosa: disfrutar genuinamente del placer de la pareja. Verlo deseado, verlo disfrutar, encontrar atractiva su capacidad de despertar interés en otra persona. Algo cercano a lo que en las relaciones consensualmente no monógamas se llama compersión: experimentar bienestar ante la felicidad o el disfrute afectivo o sexual de alguien a quien queremos...
Pero sería un error creer que toda cuckqueen es una mujer especialmente liberada, segura de sí misma o incapaz de sentir celos. Del mismo modo, sería absurdo afirmar que necesariamente está intentando compensar alguna inseguridad. El deseo no funciona como un examen de autoestima.
¿Qué ocurre cuando una mujer descubre que su fantasía no consiste en ganar la competencia de ser LA UNICA, sino en jugar con la posibilidad de no tener que ganarla?
Quizá para algunas exista allí una forma de transgresión. Para otras, una manera de experimentar con los límites de la exclusividad. Y para otras, sencillamente, una escena erótica que las excita sin necesidad de convertirla en una gran declaración filosófica.
Porque tampoco hay que psicoanalizar hasta el último gemido, ¿cierto? jajajajajajajajja
Eso sí, una fantasía no es automáticamente un deseo de llevarla a la realidad. Hay cosas que funcionan maravillosamente en nuestra imaginación y que, fuera de ella, no nos interesaría vivir. Y aun cuando exista deseo de explorarlas, el consentimiento, la confianza y los límites de todas las personas involucradas siguen siendo fundamentales.
Volviendo entonces a nuestra pregunta inicial ¿las motivaciones de las cuckqueen son las mismas que las de los cuck?
Creo que pueden compartir muchas cosas, como el voyeurismo, la transgresión, la comparación, los celos, la humillación consensuada, la curiosidad por el deseo ajeno e incluso la posibilidad de encontrar placer en una aparente pérdida de control. Pero no hay razones suficientes para afirmar que esas motivaciones se distribuyen de una manera fija entre hombres y mujeres. Además, las expectativas culturales sobre masculinidad y feminidad pueden darle significados muy distintos a una misma escena.
Y es que lo interesante no sería clasificar a las mujeres entre las que comparten y las que no comparten, las seguras y las inseguras, las sumisas y las dominantes. Sería preguntarnos qué lugar ocupa cada una en su propia fantasía y qué encuentra allí que no encuentra en otras formas de relacionarse con el deseo. Tal vez algunas disfrutan de mirar. Otras de imaginarse reemplazadas por un instante, sabiendo que ese reemplazo forma parte de un juego. Otras de descubrirse capaces de desear a su pareja precisamente cuando él deja de estar exclusivamente disponible para ellas.
Y otras, quién sabe, quizá encuentran particularmente excitante algo mucho más sencillo: que el deseo del hombre al que aman no sea del todo predecible. Al final, hay algo que me resulta especialmente sugerente de las cuckquean: nos obligan a cuestionar esa idea de que una mujer solamente puede sentirse deseada cuando sabe que ninguna otra despierta el deseo de su pareja. Porque tal vez la pregunta no sea por qué una mujer disfruta viendo a su hombre con otra, sino qué descubre sobre su propio deseo cuando deja de necesitar ser la única protagonista de la escena.
Aunque, pensándolo bien, quizá algunas nunca dejan de serlo. Simplemente encuentran una manera bastante ingeniosa de ocupar el centro sin necesidad de estar físicamente en él.
Paro bueno, me gustaría leerlas a ustedes, especialmente a las mujeres, ¿Alguna ha experimentado una fantasía parecida? ¿Les excita imaginar a su pareja con otra mujer? ¿Les despierta curiosidad, celos, rechazo, placer o una mezcla difícil de explicar? ¿Creen que se trata de compartir, de mirar, de competir o de descubrir algo sobre el propio deseo?
Las leo..








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