Mi secreto siendo esposa – Parte X: “Aquella reunión escolar”
Por Mireya, 46 años
No sé por qué lo recordé hoy. Tal vez fue ver a ese joven en el supermercado con uniforme de preparatoria. O tal vez fue el clima, esa mezcla de sol tibio y aire denso que tiene algo de nostalgia.
Pero de pronto, sin buscarlo, mi mente volvió a esa tarde.
Habían pasado varios años. Mi hijo menor estaba en tercero de secundaria y nos habían citado a una reunión urgente sobre disciplina. Asistí sola. Mi esposo, como siempre, tenía “un compromiso importante”.
Recuerdo perfectamente el aula, las sillas plásticas, el ventilador que giraba lento en el techo. Y a él.
Esteban.
Era el nuevo profesor de Educación Física. Tenía alrededor de 30 años, piel tostada, brazos firmes, una sonrisa desordenada y unos ojos… que parecían mirar diferente. No con descaro, pero sí con intención.
Cuando me senté, noté que su silla quedaba justo frente a la mía. Nuestros ojos se cruzaron una vez, y luego otra.
No era una mirada inocente.
Y lo peor —o lo mejor— es que no la evité.
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Después de la reunión, salí última del salón. No había razón. Solo lo hice. Y ahí estaba él, en el pasillo, recostado contra la pared, con los brazos cruzados.
—¿Usted es la mamá de Mateo? —preguntó.
—Sí.
—No parece. Digo… no parece tan mamá.
—¿Y cómo se supone que se ve una “mamá”?
—Menos atractiva, creo.
Sonreí. Con sorpresa. Con cierta adrenalina que no esperaba sentir en una escuela, a plena luz del día.
—¿Siempre es así de directo con las madres?
—Solo con las que no dejan de mirarme.
Tocada.
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Caminamos por los pasillos vacíos. Él me habló de su cambio reciente de ciudad, del colegio, de cómo los padres a veces eran peores que los alumnos.
Yo, de mi parte, no hablé mucho. Solo lo escuchaba, lo observaba. Sus movimientos eran firmes, relajados. Había algo salvaje en su manera de ocupar el espacio.
—¿Puedo hacer una locura? —dijo, de pronto.
—¿Depende de cuál?
Me tomó la mano. Me llevó —sí, literalmente— hacia el gimnasio cerrado. Estaba oscuro, silencioso. Olía a madera vieja y a sudor seco.
Y sin pedir más permiso, me besó.
Fue impulsivo, torpe al inicio, pero cargado de una tensión tan intensa que supe que lo habíamos estado deseando desde el primer cruce de miradas. Mis manos se aferraron a sus hombros. Las suyas recorrieron mi espalda con una urgencia contenida.
Todo ocurrió ahí. De pie, contra la pared del gimnasio, con el eco de nuestras respiraciones rebotando en la oscuridad. Fue breve. Prohibido. Arrebatado.
Y memorable.
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Después, me acompañó hasta la salida trasera.
—No voy a decir nada —dijo.
—Yo tampoco.
—¿Lo repetirías?
—No lo sé —mentí.
Y volví a casa. Como cualquier madre que regresa de una reunión escolar. Con el bolso en el hombro, los labios discretamente pintados, y una historia más que jamás conté… hasta hoy.
Porque hay recuerdos que no envejecen. Solo se esconden.
Y a veces, basta un rostro parecido, o un día con sol de tarde, para que regresen con el mismo calor que dejaron aquella vez.
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