Mi secreto siendo esposa – Parte XII: “Lo que nunca debí permitir”
Por Mireya, 46 años
Todo empezó con una visita.
Nada fuera de lo común.
Solo que esta vez, era él.
Mi suegro. O, mejor dicho, Tomás, el padre de mi esposo.
Había vivido años lejos, en otra ciudad, con sus silencios y sus costumbres de hombre reservado.
Volvió porque "necesitaba unos días". Eso dijo.
Mi esposo le ofreció quedarse con nosotros. A mí no me pidió opinión. Tampoco la necesitaba.
La primera noche que llegó, me miró como si no me viera desde hace años.
—Estás igual —dijo.
—¿Igual a qué?
—A cuando te conocí.
Y supe que esa frase no era casual.
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Los días siguientes fueron normales.
Casi.
Yo cocinaba, él se sentaba cerca, en la barra, con su café negro y los ojos en mí.
No hablaba mucho, pero cuando lo hacía… era preciso.
Observador.
Y con un tono que parecía acariciar más que decir.
Mi esposo salía temprano, volvía tarde.
Tomás y yo compartíamos los espacios comunes como dos extraños que fingían no saber lo que empezaba a flotar entre ellos.
Pero estaba ahí.
La electricidad en el aire.
Los silencios largos.
El modo en que me miraba cuando yo pasaba en bata por el pasillo.
O cómo bajaba la vista… solo después de haber recorrido toda mi silueta con descaro disimulado.
Una noche, me encontró en la cocina.
Había bajado por agua.
Yo solo llevaba una camiseta larga, sin brasier, sin planear nada.
—No podía dormir —dijo.
—Yo tampoco.
Me apoyé en la encimera. Lo sentí acercarse. Su presencia era distinta a la de otros hombres: tenía esa calma de los que ya no necesitan demostrar nada… pero aún saben provocar todo.
—No deberías andar así, Mireya.
—¿Así cómo?
—Tan… tentadora.
Lo miré. Directo. Como no debía.
—¿No se supone que soy tu nuera?
—Por eso mismo. No debería estar pensando en lo que estoy pensando.
Silencio.
Y algo se quebró.
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No hubo un beso en la boca.
Solo el roce de sus dedos en mi muñeca.
Y luego en mi cintura.
Y después en mi cuello.
Su voz fue un susurro:
—No digas nada.
Yo no lo hice.
Solo me dejé tocar.
Sus manos eran firmes. Sabían dónde.
Cuándo.
Y cuánto.
La cocina quedó a oscuras.
Nos movimos entre susurros y respiraciones aceleradas, con la casa dormida… y la consciencia apagada.
Fue lento. Preciso.
Un ritual.
Un crimen sin castigo.
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A la mañana siguiente, él se fue temprano.
Mi esposo me preguntó si papá se veía mejor del ánimo.
Le respondí que sí. Que parecía más ligero.
Y lo estaba.
Yo también.
No volvió a hablarse del tema.
Nunca lo cruzamos con palabras.
Pero esa semana que Tomás durmió bajo el mismo techo… dejó algo en mí.
Una huella.
Una culpa adictiva.
Y un secreto más que llevo escondido…
cuando abrazo a su hijo.
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