Mi secreto siendo esposa – Parte XIII: “Mientras él dormía”
Por Mireya, 46 años
Mi esposo tenía esa idea de que los viajes podían arreglarlo todo.
“Vamos, desconectemos”, dijo.
Así terminamos en un resort en la sierra, rodeados de bosque, con cabañas de madera y un silencio que él necesitaba… y que a mí me incomodaba más de lo que pensaba.
No hablábamos mucho.
Él pasaba horas en el jacuzzi con su cerveza.
Yo caminaba, respiraba… y observaba.
Fue en el restaurante del lugar donde lo noté por primera vez.
Leo, decía su placa.
Camarero, sí, pero no era eso lo que llamaba la atención.
Tenía algo distinto. Una forma de mirar sin invadir. Un lenguaje corporal relajado, pero alerta.
Y unos ojos tan oscuros que no sabías si te estaban leyendo… o provocando.
La primera noche nos atendió a los dos. Muy educado. Muy atento. Pero con un brillo distinto cuando se dirigía a mí.
Lo noté.
Lo sentí.
Y no hice nada para evitarlo.
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El segundo día, mi esposo se quedó dormido después del almuerzo. La combinación de vino y jacuzzi hizo lo suyo.
Yo bajé sola a la terraza del bar.
Leo estaba ahí.
—¿Otra copa de vino blanco? —preguntó.
—¿Ya me tiene registrada?
—Es difícil no hacerlo.
Sonreí.
Me la sirvió con calma. Se acercó más de lo necesario.
Yo no retrocedí.
—¿Está disfrutando el viaje?
—No tanto como debería.
Ahí fue cuando se sentó, sin pedir permiso.
Su brazo rozó el mío. El calor se coló entre nosotros como un susurro que no se atrevía a decir su nombre.
Sus preguntas eran sutiles.
Sus respuestas… afiladas.
Hasta que dijo:
—No parece feliz.
—¿Y qué tiene que ver eso?
—Que a veces las personas felices no desean lo que no deben.
Silencio.
Mi copa medio vacía.
Sus ojos, en los míos.
Y mi cuerpo… traicionándome.
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Volví esa noche. Mi esposo ya dormía.
Roncaba.
Me metí en la ducha para quitarme el día, el calor, la culpa que empezaba a insinuarse.
Pero no sirvió de nada.
Porque bajé otra vez.
Con la excusa del olvido.
La tarjeta del spa. La credencial. Lo que fuera.
Él ya me esperaba.
Me tomó del brazo, con suavidad.
Me llevó a un pasillo trasero.
Silencioso. Aislado.
Y ahí, entre paredes de piedra, sin luces directas, con el eco de la música lejana del bar, sucedió lo inevitable.
Sus manos fueron directas, pero no apresuradas.
Su boca sabía exactamente qué parte de mi cuello ignoraba mi marido.
Yo me aferré a su camisa. A su cintura. A la vida que él me hizo sentir en minutos.
Fue rápido.
Fue intenso.
Fue peligroso.
Y fue suficiente para volver a la cabaña con la piel aún temblando.
Me metí en la cama sin hacer ruido.
Mi esposo giró, dormido.
Y yo me acosté a su lado con el corazón latiéndome en lugares donde ya no solía hacerlo.
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Cuando nos fuimos, Leo me sostuvo la puerta de la salida.
Me dijo:
—A veces, lo que ocurre en un viaje… es lo único que nos hace sentir vivas.
Y tenía razón.
Ese viaje no salvó mi matrimonio.
Pero me devolvió algo más.
La certeza de que, por dentro, yo seguía ahí.
Viva. Deseada.
Y con un secreto más que jamás contaré.
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