🌴 Mi secreto siendo esposa – Parte XIX
“Crucero por el Caribe” – Capítulo 2: Tentaciones en altamar
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🛳️ Capítulo 2: Tentaciones en altamar
El segundo día despertamos abrazados.
No fue fingido.
Había cariño, costumbre… pero yo ya no era la misma.
Mi cuerpo llevaba marcas invisibles.
No físicas, sino internas.
De esas que arden solo cuando se cierran los ojos.
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Día 3 – El fotógrafo del barco
Después del desayuno, bajamos a cubierta para una sesión informal con el fotógrafo del crucero.
Era joven. Moreno, con un aire entre tímido y seguro.
Se notaba que le gustaba mirar.
Y que sabía hacerlo.
—¿Tú sola? —me dijo en voz baja cuando mi esposo se fue a buscar bebidas.
Asentí.
Me colocó de espaldas al sol y me pidió que girara lentamente el rostro.
Sus dedos acomodaron mi cabello con una delicadeza sospechosa.
—Tienes una expresión muy sensual… no es algo que se finge.
Le sonreí.
No respondí.
Pero acepté su invitación para que me mostrara las fotos en la sala de revelado digital, un par de horas después.
Cuando entré a su espacio, la puerta se cerró detrás de mí.
Las imágenes proyectadas en la pantalla no eran mías… eran de otras mujeres, desnudas, entregadas, reales.
Me miró.
—Si tú quisieras, podrías ser mi mejor obra.
Y lo fui.
En silencio.
Sin ropa.
Con mi alma desnuda más que mi cuerpo.
Su cámara nunca se activó.
Pero sus manos sí.
Y ese rincón secreto del barco me escuchó gemir de una manera que ni yo me había escuchado antes.
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Día 5 – El chico del bar
Esa noche me sentía audaz.
Mi esposo se quedó dormido temprano, tras una cena copiosa.
Yo bajé al bar del tercer piso con un vestido rojo y sin ropa interior.
Buscaba algo que ni siquiera sabía nombrar.
El bartender me reconoció.
Había notado mis pasos días atrás.
Me ofreció un trago "a su estilo".
Y lo sirvió él mismo en mi boca.
Literal.
Sostuvo la copa, me la acercó lentamente, y mientras bebía, su pulgar rozó mi labio inferior.
Fue todo.
Después, me condujo a la zona privada de la cubierta.
Sin palabras.
Solo el sonido del viento, del mar, y el latido de algo que no se podía detener.
Fue rápido.
Rudo.
Y tan excitante como necesario.
Me sentí viva.
Y culpable.
Y deseada.
Y suya, aunque solo por minutos.
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Día 6 – El masaje compartido
Lo más inesperado fue que mi esposo y yo fuimos juntos al spa.
—Un masaje para dos, ¿les parece bien? —dijo la recepcionista.
Aceptamos.
El ambiente era cálido, íntimo, con aromas dulces y música relajante.
Las manos de la masajista recorrieron mi espalda con precisión.
Pero a los pocos minutos, algo cambió.
Los roles se mezclaron.
Sentí manos nuevas, más grandes.
Masculinas.
No eran de mi esposo.
Abrí los ojos.
La pareja que nos atendía se había cruzado.
Y ahora, otro hombre deslizaba sus dedos por mis muslos internos.
Vi cómo su compañera hacía lo mismo con mi esposo, que no decía nada.
El límite se desdibujó.
Y aunque nuestros ojos no se cruzaron, ambos supimos que algo estaba pasando.
Mi respiración se aceleró.
Y no fui la única.
Fue la primera vez que sentí que mi esposo estaba… más cerca de mi mundo secreto.
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Esa noche, él me miró distinto.
Más serio.
Más profundo.
—¿Tú me sigues queriendo, Mireya?
Lo miré largo.
No mentí.
—Te quiero. Pero me siento otra.
No preguntó más.
No juzgó.
Solo me abrazó en la cama, en silencio.
Y así dormimos.
Juntos.
Pero no del todo unidos.
El crucero aún tenía muchos días por delante.
Y yo… muchas decisiones por tomar.
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