Guía Cereza
Publicado hace 9 horas Categoría: Transexuales 42 Vistas
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Esta es una historia que nunca pensé que escribiría, pero necesito sacarla de mí. No es sobre quién soy, sino sobre un momento, una sensación que me atrapó por sorpresa.

Cuando tenía quince años y mi curiosidad aumentó. Mi hermana mayor, Carla, se fue de viaje con sus amigas. Su habitación, normalmente un santuario prohibido, quedó desprotegida. No fue un plan, realmente. Solo estaba buscando un suéter que me prestó una vez y que nunca devolvió. Al hurgar en su cajón de la cómoda, entre medias de encaje y sostenes de colores que nunca usaría, mis dedos tocaron algo de silicona fría y suave. Lo saqué. Era un consolador, de un color carne pálido, discreto pero inconfundible. Mi corazón empezó a latir como un tambor. Lo sostuve, sintiendo su peso extraño en mi mano. No era repulsión lo que sentía. Era una fascinación eléctrica, peligrosa.

Antes de poder pensarlo dos veces, ya había cerrado con llave la puerta de mi cuarto. El impulso era más fuerte que la razón. En mi propio cajón, guardaba un secreto menor: un par de bragas de encaje de Carla que había "rescatado" de la lavandería semanas atrás. Me las puse. La seda rozó mi piel de una manera que el algodón de mi ropa interior nunca lo hizo. Era una sensación de lujo, de ser alguien más.

Luego, volví a mirar el consolador. Con manos que apenas temblaban, lo lubricué con un poco de la crema hidratante de mi mesita de noche. No había instrucciones, solo un instinto ciego y un deseo abrumador por entender. Me acosté en la cama, las rodillas dobladas. El primer contacto fue un shock de frío que rápidamente se disipó. Luego, una presión extraña, invasiva, pero no dolorosa. Empujé suavemente.

Y entonces… sucedió. No fue un éxtasis repentino, sino una oleada profunda y cálida de placer que se extendió desde mi centro hasta las puntas de mis dedos. Era una plenitud que nunca había experimentado, una sensación que llenaba un vacío que ni siquiera sabía que tenía. Un gemido ahogado escapó de mis labios. Me moví, tentativamente al principio, luego con más confianza, perdido en la nueva textura del sentimiento. El mundo exterior—el ruido de la televisión en la sala, el tictac de mi reloj—se desvaneció por completo. Solo existía este ritmo, esta calor, esta versión de Jocelyn que era puramente sensación.

Cuando el climax llegó, fue silencioso y profundo, un temblor que me recorrió entero, dejándome jadeante y pegado a las sábanas. La oleada de placer fue seguida, instantáneamente, por una marea de vergüenza tan intensa que me encogí. ¿Qué había hecho? ¿Quién era yo?

Pero, incluso mientras la culpa se instalaba, un residuo del placer permanecía, una verdad incómoda y ardiente en mi vientre. Me encantó. Cada parte de ello: el tabú, la suavidad de la seda contra mi piel, la forma en que mi cuerpo respondió. Me limpié rápidamente, escondí el consolador y las bragas en lo más profundo de mi mochila, bajo libros de texto. Mi corazón aún palpitaba, pero ahora con el miedo a ser descubierto.

Ahora, mirando al techo en la oscuridad, sé que algo cambió. No tengo las respuestas. No sé lo que esto significa para mí, para el chico que la gente ve en el colegio. Solo sé que detrás de mi puerta cerrada, por un momento, me sentí completo. Y ese secreto, aterrador y delicioso, ahora es mío.

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