El mensaje del conocido llegó a las once de la noche.
“Hay un lugar. Pagan bien. Si quieres te refiero.”
No dormí casi. Me pasé la madrugada mirando el techo, calculando deudas, repasando cuántos días me quedaban de arriendo y sintiendo ese nudo frío en el estómago que aparece cuando uno sabe que está a punto de cruzar una línea. A las cinco de la mañana ya estaba despierta. Me bañé con agua tibia, me depilé con más cuidado del necesario y elegí una ropa sencilla, casi inocente. Nada que gritara “estoy desesperada”, aunque lo estuviera.
El lugar quedaba en un barrio que no conocía bien. El taxi me dejó frente a una casa discreta, de rejas altas y sin letrero. El cielo todavía estaba oscuro y hacía un frío húmedo que se metía en los huesos. Toqué el timbre con el corazón golpeándome en la garganta. Cada segundo que pasaba sin que abrieran se sentía eterno.
Cuando la señora salió, me midió de arriba abajo sin sonreír. Me hizo pasar a una sala pequeña que olía a ambientador barato y a algo más dulce, como loción de cuerpo. Me pidió documentos, me preguntó edad, experiencia, si tenía problemas con los hombres mayores, si estaba dispuesta a “finales felices”. Cada pregunta me atravesaba el pecho. Contesté que sí a casi todo, aunque por dentro una parte de mí gritaba que saliera corriendo.
Me llevó a conocer las habitaciones. Camas sencillas, toallas apiladas, preservativos en una caja de plástico, lubricante, una ducha compartida. El lugar estaba limpio, pero tenía esa atmósfera densa de los sitios donde el cuerpo se vuelve mercancía. Me explicó los turnos, las reglas, lo que no se podía hacer y lo que sí se esperaba. Mientras hablaba, yo asentía, pero las manos me sudaban y sentía un temblor fino en las piernas.
“Hoy tienes el día libre de prueba”, dijo al final. “Si aguantas, hablamos de turno fijo.”
Me dejó en una habitación a las seis y media de la mañana. Me cambié de ropa con los dedos torpes. Me miré un segundo en el espejo del baño: la cara pálida, los ojos demasiado abiertos, la respiración entrecortada. Escuché pasos en el pasillo. La voz de la señora presentando al primer cliente.
El miedo se me subió a la boca como un sabor metálico.
Todavía estaba a tiempo de inventar una excusa y largarme.
Pero no lo hice.
Me sequé las manos en la toalla, me senté en el borde de la cama y esperé a que abrieran la puerta.








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