El primer cliente entró tímido, casi disculpándose. Hombre de unos cincuenta, olor a colonia barata y manos suaves. Me pidió un masaje completo. Mientras le trabajaba la espalda, sentí cómo se le iba aflojando el cuerpo. Cuando llegó el momento del final feliz, me arrodillé sin pensarlo demasiado y se la chupé con calma. Se corrió rápido, me dio las gracias dos veces y dejó un billete extra sobre la mesa. La señora asintió desde la puerta cuando salió.
“Bien”, murmuró.
El segundo llegó a los veinte minutos. Después el tercero. Cada vez que cerraba la puerta detrás de un hombre, algo dentro de mí se acomodaba un poco más. El miedo de la mañana se fue diluyendo. Empecé a entender el ritmo: cómo tocar, cuánto alargar el masaje, cuándo bajar la voz, cuándo mirarlos a los ojos. Algunos solo querían la boca. Otros pedían más. Yo iba diciendo que sí y descubriendo que podía.
A media mañana ya había atendido seis o siete. El dinero empezaba a juntarse en un sobre que la señora me había dado. Cada billete que entraba me producía una sensación caliente en el pecho. Pensé en el arriendo. En la nevera vacía. En las deudas. Y de pronto todo eso parecía un poco más lejos.
En un momento, entre cliente y cliente, me miré en el espejo del baño. Tenía las mejillas sonrojadas, el pelo un poco alborotado y una expresión que no reconocí del todo. No era la misma de las seis de la mañana. Sonreí. Una sonrisa pequeña, privada, casi sorprendida.
“Esto está funcionando”, pensé.
El cuerpo me respondía. A veces incluso me excitaba un poco, sobre todo con los que me hablaban rico o me tocaban con algo de ternura. Otras veces solo ejecutaba, pero incluso eso tenía su propia satisfacción: la de estar resolviendo la vida con lo único que en ese momento tenía a la mano.
Cuando llegó el mediodía y salí un momento al patio trasero a tomar aire, el frío ya no me pareció tan hostil. Miré el sobre con el dinero y sentí una oleada clara de alivio y de algo parecido a la euforia. Por primera vez en semanas el pecho se me expandía en vez de apretarse.
Había tenido miedo al entrar.
Ahora, con varios hombres encima y el sobre empezando a engordar, pensé con total sinceridad:
“Esta fue la mejor idea del mundo.”
Y en ese instante, bajo el cielo gris, lo creí de verdad.








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