Todo empezó una noche cualquiera. Estábamos en la cama. Yo todavía tenía puesto el conjunto rojo y negro que me había puesto para provocarlo: el corpiño que apenas sostenía mis tetas enormes, las tiras negras que se cruzaban sobre mi pecho y el hilo que se me perdía entre las nalgas. Él me miró de arriba abajo, me agarró una teta con las dos manos y me dijo con la voz ronca:
—¿Alguna vez has fantaseado con que alguien más te mire mientras te culeo? ¿Con que otra boca chupe estos pezones tan oscuros y gordos… o que otra verga se meta entre estas piernas mientras yo te veo?
Me quedé quieta. Sentí cómo se me mojaba el hilo negro de inmediato. Le dije que no. Mentira. Sí lo había pensado. Muchas veces. Imaginándome a otra mujer lamiéndome las tetas mientras él me abría las piernas. O a un hombre desconocido hundiendo la verga en mi concha mientras mi esposo me miraba con esa cara de hambre.
Él no insistió esa noche. Solo me bajó el hilo, me abrió los labios con los dedos y me culeó despacio, mirándome a los ojos. Pero la semilla ya estaba plantada.
Las semanas siguientes fueron un juego sucio. Empezó a mandarme videos de swingers. Yo los veía acostada en la cama, todavía con el conjunto rojo, tocándome las tetas y frotándome el clítoris hasta correrme pensando en nosotros ahí.
Una noche, después de varios vasos de vino, me atreví:
—¿Tú… lo has pensado en serio? ¿De verdad quieres ver a alguien más tocándome estas tetas… y metiéndose dentro de mí?
Me miró, me bajó el corpiño, me sacó una teta y me chupó el pezón fuerte antes de responder:
—Solo si tú quieres. Y solo si vamos juntos. Quiero ver cómo se te ponen estas tetas mientras te culean… pero siempre sabiendo que al final me perteneces a mí.
Esa frase me destrozó.
Primero solo miramos. Fuimos a un club swinger. Yo iba con el mismo estilo de ropa: un vestido rojo abierto al frente que dejaba mis tetas casi afuera y un hilo negro. Al entrar, todas las miradas se me fueron encima. Mis pechos grandes y pesados llamaban la atención. Mi esposo me abrazó desde atrás, me metió la mano por debajo del vestido y me empezó a tocar la concha enfrente de todo el mundo mientras me susurraba:
—Míralos mirándote… todos quieren chuparte estas tetas y culearte. Y pronto alguno lo va a hacer.
La segunda vez ya no solo miramos.
Una pareja se acercó. Él alto y bien dotado, ella curvilínea. La mujer no disimuló: me miró directo a las tetas y dijo:
—Dios mío… ¿me dejas chupártelas mientras tu esposo te mira?
Mi marido apretó mi mano. Yo asentí.
Nos llevaron a una habitación. Me recostaron. Mi esposo se sentó frente a mí, se sacó la verga y se empezó a masturbar mientras la mujer se arrodillaba. Primero me bajó el corpiño y se enterró la cara entre mis tetas. Las chupó, las mordió, las apretó juntas y las lamió como si fueran lo más rico que había probado. Después bajó, me abrió las piernas, me corrió el hilo negro a un lado y me metió la lengua en la concha. Chupó mi clítoris con fuerza mientras me metía dos dedos. Yo gemía mirando a mi marido, que tenía la verga dura y goteando.
—Así, mi amor… deja que te chupe bien esas tetas y esa concha —me decía—. Ábrete más. Quiero ver cómo te vienes en su cara.
Me corrí fuerte, apretándole la cabeza contra mi coño. Apenas terminé, su esposo se acercó. Mi marido asintió. El otro hombre me abrió las piernas, me puso la cabeza de la verga en la entrada y empujó. Me la metió completa. Era gruesa y me llenó. Me culeó profundo mientras yo le chupaba las tetas a la mujer y mi esposo me metía la verga en la boca. Me usaron los tres. Me llenaron de saliva, de marcas y de gemidos.
Esa noche, cuando volvimos a casa, él no esperó. Me tiró contra la puerta, me levantó el vestido y me culeó con una urgencia salvaje. Me agarraba las tetas con las dos manos, me las apretaba fuerte y me decía al oído:
—Vi cómo te las chupaban… vi cómo te la metían… y aún así viniste a casa a abrirme las piernas. Eres mía. Dilo.
—Soy tuya… —jadeaba yo mientras él me reventaba—. Aunque me culeen otros… estas tetas y esta concha siempre son tuyas.
Se corrió tan adentro que sentí cómo me llenaba y se me escapaba por los muslos.
Después de eso ya no hubo vuelta atrás.
Empezamos a ir más seguido. Hubo noches en las que yo montaba a otro hombre mientras mi esposo me chupaba los pezones y me decía lo puta que me veía con esas tetas botando. Noches en las que él me culeaba por atrás mientras yo le chupaba la verga a otro. Noches donde terminábamos los cuatro en la misma cama, sudados, con mis tetas llenas de marcas de dientes y saliva ajena, y él al final me miraba y me decía:
—Ahora ven aquí… y dame lo que es mío.
Ahora, cuando estamos solos, a veces me agarra del cuello, me pone contra la pared, me saca una teta y me pregunta:
—¿Recuerdas la primera vez que dejaste que alguien más te chupara estas tetas… y después te metiera la verga… frente a mí?
Y yo sonrío, me arrodillo, le saco la verga y le contesto con la boca llena:
—Cómo olvidarlo. Fue el día en que dejé de ser solo tuya… y empecé a ser completamente tuya.
Porque sí. Él me metió en el ambiente swinger.
Pero yo fui quien decidió quedarme… y abrir las piernas cada vez más, con estas tetas grandes, esta cintura y esta cara de putita que ahora todos quieren probar.
Y cada vez que otra pareja nos mira, nos toca o se une a nosotros, yo sé que al final de la noche voy a volver a casa con la concha usada, las tetas marcadas y el cuerpo satisfecho… pero siempre, siempre, perteneciendo al único hombre que realmente me posee: mi esposo.








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