Ciudad Jardín, un penthouse con vista al club y al valle. Me contactó Felipe, un empresario de cuarenta y cinco años: "Mi esposa, Carolina, es una hotwife. Ella elige, yo obedezco. Te eligió a vos. No nos hagas esperar".
Carolina me recibió en la puerta con un vestido de cóctel negro que se ceñía a sus curvas como una segunda piel. Treinta y nueve años, cabello negro azabache en un bob perfecto, ojos marrones intensos, labios pintados de rojo y un cuerpo de modelo: senos naturales y generosos, cintura estrecha, caderas anchas y piernas infinitas. Sus tacones de aguja resonaron en el mármol del recibidor.
—Felipe —dijo sin mirarlo—. Andá a la cocina y traenos champagne. Luego sentate en el balcón y esperá.
Felipe obedeció. Yo tomé a Carolina de la cintura y la besé contra la pared del pasillo, mis manos apretando sus nalgas bajo el vestido. Ella gimió en mi boca, sus dedos desabrochándome la camisa. La llevé al dormitorio principal, una habitación enorme con cama king size y espejos en el techo.
Le bajé el cierre del vestido y lo dejé caer. Debajo llevaba un conjunto de encaje negro que apenas contenía sus senos. Le quité el sostén y sus pechos cayeron pesados, con pezones oscuros que mordí sin piedad. Luego la lencería, y su sexo depilado apareció ante mí, hinchado y húmedo.
La puse a gatas sobre la cama y la penetré frente al espejo del techo. Carolina se miraba siendo poseída, sus ojos brillando, su boca abierta en un gemido continuo. Felipe, desde el balcón, nos miraba a través del ventanal, la copa de champagne olvidada en la mano.
—Felipe —gritó ella—. Mirá cómo me coge... mirá cómo me hace suya...
Felipe apretó el cristal de la copa hasta quebrarlo. Pero no se movió. Solo miraba, sangrando la mano, feliz.
Carolina se corrió con un grito que retumbó en el penthouse. Después, Felipe entró con la mano vendada y nos sirvió champagne. "La próxima vez", dijo, "¿podría mirar desde más cerca?".
¿Quieres vivirlo? Escríbeme.







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