Un encuentro casual en el parqueadero de Chipichape
Era un jueves por la tarde. Había salido temprano del trabajo porque el día había fluido bien y no tenía pendientes urgentes. El sol todavía pegaba con fuerza cuando llegué al centro comercial del norte de Cali. Entré sin prisa, caminé por los pasillos, miré un par de vitrinas sin detenerme demasiado, compré lo que necesitaba y bajé al parqueadero subterráneo con las bolsas en la mano.
El sistema de pago era un desastre. Como casi siempre. La fila se movía lento. Las máquinas fallaban una y otra vez. A unos les rechazaba la transferencia. A otros no les aceptaba los billetes. Las monedas se trababan y había que levantar la mano para que viniera el vigilante. La gente se impacientaba. Se escuchaban quejas bajas, suspiros y el sonido metálico de las máquinas rechazando pagos una y otra vez. El aire del parqueadero se sentía pesado, caliente y con ese olor a aceite, concreto y gases. Yo estaba en la fila con el ticket en la mano, esperando mi turno, cuando los vi.
Una pareja joven. Ella estaba un poco adelante. Él a su lado. También esperando. Ella se giró un momento porque la máquina de adelante volvió a fallar y alguien tuvo que llamar al encargado. Nuestras miradas se cruzaron. Fue un segundo. Nada más. Después ella miró otra vez hacia la máquina y suspiró con fastidio, cruzándose de brazos.
Pasaron un par de minutos. La fila casi no avanzaba. Ella se giró de nuevo y me dijo con una media sonrisa:
Esto es un desastre. Cada vez que vengo pasa lo mismo.
Le contesté que sí. Que el sistema fallaba con las transferencias, con los billetes y hasta con las monedas. Que parecía que nunca lo arreglaban de verdad. Empezamos a hablar desde ahí. Sin prisa. Sin forzarlo. Solo mientras la fila se movía a paso de tortuga.
Resultó que ella se llama Mariana, 27 años, agente comercial. Él se llama Camilo, 33, ingeniero industrial. Llevaban tres años casados. Sin hijos. Vivían cerca, en un conjunto del norte. La conversación fue fácil. Ella hablaba con soltura y miraba directo a los ojos. Él intervenía poco, pero cuando lo hacía era claro y directo. Hablamos del tráfico, del trabajo y de lo absurdo que era perder tanto tiempo en esa fila.
Cuando por fin llegamos a pagar, ella me miró otra vez y le dijo algo a él en voz baja. Él asintió. Después ella me preguntó si tenía planes para esa tarde. Le dije que no especialmente. Que estaba libre.
Camilo fue quien habló entonces.
Si quieres podemos seguir hablando en otro lado. Nuestra casa queda cerca.
Acepté.
Salimos del parqueadero juntos. Subí a su carro. El trayecto fue corto. Llegamos a un apartamento amplio en un conjunto cerrado del norte. Moderno. Limpio. Con buena luz de tarde.
Entramos. Me ofrecieron algo de beber. Yo dejé lo poco que había comprado a un lado y miré primero a Camilo.
Antes de seguir. Le dije con calma. Si vamos a hacer esto, mando yo. Tú no la tocas. No te vienes. No hablas a menos que yo te lo pida. Te sientas donde yo te diga y solo miras. ¿Quedó claro?
Quedó claro. Contestó él.
Mariana estaba de pie cerca del sofá. Le hice seña. Se acercó. La tomé de la nuca y la besé. Primero despacio. Después con más intensidad. Respondió de inmediato. Le quité la blusa. Tenía senos firmes y redondos. Le baje el pantalón junto con la ropa interior. La cuca era rosada, aseada, ya húmeda.
De rodillas.
Se arrodilló sobre la alfombra. Me abrió el pantalón y sacó mi verga. En lugar de metérsela de una vez, la agarré por la base y empecé a pegarle con ella en la cara. Suaves al principio. Después un poco más firmes. El sonido seco de la verga contra su mejilla se escuchó claro. Camilo abrió los ojos con expresión atónita. Mariana también se sorprendió al principio. Se quedó quieta un segundo, sorprendida. Después, en vez de apartarse, colocó el rostro de lado y se ofreció para que le siguiera pegando. Le di varias veces más. En una mejilla. En la otra. Contra los labios. Ella respiraba agitada y mantenía la cara disponible.
Después bajó la cabeza y me chupó los testículos. Lento. Con la lengua. Mientras yo le sujetaba el cabello. Camilo seguía mirando sin decir una sola palabra, con la misma expresión de sorpresa contenida.
Cuando ya estaba completamente duro, la levanté.
Vamos a la habitación.
La llevé del brazo. Camilo nos siguió en silencio y se quedó de pie junto a la puerta, todavía con esa mirada atónita. Entré con ella a la habitación. La tiré en la cama. Me puse el condón. Le abrí las piernas y se la metí de un empujón hasta el fondo. Mariana soltó un gemido largo. Empecé a cogerla con ritmo firme y profundo. Cada embestida hacía que su cuerpo se moviera. Le sujeté las muñecas.
Dile a tu marido cómo se siente.
Se siente gruesa. Me está abriendo. Me gusta.
La volteé. Le agarré la cadera y se la empecé a meter con más fuerza. Le di varias nalgadas. Se vino apretándome. Temblando. Seguí. Después la puse encima y la hice moverse como yo quería. Me vine dentro del condón. Profundo.
La dejé recostada. Respirando agitada. Le dije a Camilo, que seguía en la puerta:
No la toques todavía.
Me la cogí una segunda vez. Más despacio. Mirándola a los ojos. Camilo permaneció en silencio todo el tiempo.
Cuando terminamos nos vestimos sin prisa. Antes de salir, todavía dentro del apartamento, la tomé de la nuca y la besé con lengua. Profundo. Cuando nos separamos, Mariana me pidió el número. Se lo di.
Esa misma noche me llamó. La voz se le escuchaba tranquila pero segura.
Ya te tengo.
Desde entonces la cosa no se detuvo. A veces pasan días sin que escriba. Y de la nada me deja mensajes como:
Vení y me metés la verga duro. Tengo ganas de macho salvaje como vos.
Otras veces manda fotos. Algunas vestida. Otras desnuda. A veces con la cuca ya mojada y una frase corta. Camilo sabe. Ella se lo dice. Y yo sigo teniendo el control de cuándo y cómo. La historia que empezó en una fila de parqueadero que no avanzaba apenas va empezando.
Si quieres ser cornudo y estás en Cali. Ya sabes dónde buscarme.
Tu esposa es mía.







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