La primera conversación fue una plena coincidencia: un saludo que ella dudó en responder. Fue esporádica, sencilla y divertida, dejando ver un poco de la curiosidad que rodeaba aquel espacio virtual; aun así, sin querer, el tiempo pasó rápidamente, seguro por la fluidez con la que surgió el momento.
Con los días, esas conversaciones pasaron a ser intencionadas y, en ocasiones, acordadas. Pasaban las horas tratando de descubrir quiénes eran, quién estaba detrás de la pantalla, sus intenciones y sus intereses, a veces haciendo descripciones imaginarias uno del otro. De esa manera se fueron intensificando la curiosidad y el antojo, hasta desatarse una inexplicable tensión sexual, aunque cargada de cierta timidez.
Entre tantas charlas, pensaron en compartir un café matutino, ese que despierta y te activa el día, que convertiría en la excusa perfecta, para liberar el antojo y menguar la curiosidad que les acechaban. Imaginaron un café que se enfriaría olvidado sobre la mesa, mientras sus cuerpos, finalmente frente a frente, arderían lentamente. Pero, al final, la realidad dictó su sentencia y solo les dejo eso… un café pendiente.
No me quería quedarme con las ganas de compartirlo, aunque me tenga que quedar con las ganas darle desenlace.








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