No tenía nada atractivo.
Esa es la verdad más simple.
Era un hombre pasado de los cincuenta, de estatura media, panza suave, pelo entrecano peinado hacia atrás con agua y un bigote ralo que nunca terminaba de decidir si crecer o no. Caminaba encorvado, como si el peso de los años le hubiese doblado los hombros desde hace mucho. La ropa le quedaba un poco grande y siempre olía a jabón barato mezclado con el sudor del día. No sonreía mucho. Cuando lo hacía, se le formaban dos líneas profundas a los lados de la boca que lo hacían parecer todavía más cansado.
Lo veía casi todas las noches.
Llegaba tarde, siempre solo, cargando una bolsa de mercado o a veces solo las manos en los bolsillos. Vivía en la casa de la esquina, esa que tenía la reja oxidada y las luces apagadas demasiado temprano. Durante meses fue solo un vecino más. Uno de esos que uno saluda por educación y después olvida.
Pero había algo.
No sé en qué momento empecé a fijarme de verdad. Tal vez fue la forma en que bajaba la mirada cuando nos cruzábamos. No era indiferencia. Era una mezcla rara de vergüenza y deseo contenido. Me miraba de reojo, rápido, como si le diera miedo que yo me diera cuenta. Y cuando yo le sostenía la mirada un segundo más de la cuenta, él apartaba los ojos y aceleraba el paso.
Eso me prendía.
No era su cuerpo. No era su cara. Era esa timidez casi adolescente metida en un hombre viejo. Esa sensación de que, si yo daba un paso, él no sabría qué hacer. Me imaginaba cómo temblaría si alguna vez le tocaba el brazo. Cómo se le quebraría la voz si le decía algo sucio al oído. Cómo se le pondría la verga solo de tenerme cerca.
Empecé a calcular los horarios.
A saber a qué hora solía aparecer. A quedarme un poco más en el andén de mi casa, tomando algo, esperando verlo pasar. Él nunca se detenía. Solo murmuraba un “buenas noches” apenas audible y seguía. Yo le contestaba con una sonrisa lenta, deliberada, y veía cómo se le tensaba la espalda.
No había nada atractivo en él.
Y sin embargo, cada vez que lo veía desaparecer detrás de esa reja oxidada, yo me quedaba un rato en silencio, con el corazón un poco más rápido y una idea oscura creciendo entre las piernas.
Todavía no había pasado nada.
Pero yo ya había decidido que, tarde o temprano, algo iba a pasar.






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