Una noche, después de verlo entrar, me quedé en la oscuridad del andén de enfrente, escondida detrás de un árbol viejo. La ventana de su habitación daba a la calle y, aunque tenía la cortina, no la cerraba del todo. Desde donde estaba pude ver la silueta.
Estaba sentado en el borde de la cama.
La mano se movía entre las piernas.
Se estaba masturbando.
Me quedé quieta, con el corazón latiéndome fuerte. No por sorpresa, sino por la confirmación de algo que yo ya sospechaba. Ese hombre callado, que apenas se atrevía a mirarme, se corría pensando en alguien. Y yo quería que fuera yo.
Al día siguiente creé un perfil falso.
Foto de una muchacha que no existía, nombre inventado, edad mentida. Empecé a buscarlo. No fue difícil: usaba el mismo correo para casi todo y había dejado rastros en grupos de clasificados y páginas dudosas. Le envié el primer mensaje de madrugada. Un video corto. Uno de los que tengo guardados en el celular. Yo, de rodillas, chupando una verga con ganas, mirando a la cámara de vez en cuando. Sin mostrar la cara completa.
Él contestó en menos de diez minutos.
Al principio solo emojis. Después frases torpes, llenas de faltas de ortografía, como si escribiera con la verga en la mano. Le mandé otro video. Esta vez más explícito. Él respondió pidiendo más. Le dije que si quería ver más, tenía que contarme qué se hacía cuando los veía. Tardó en contestar, pero al final lo hizo: me describió cómo se masturbaba, cómo se corría mirando esos videos, cómo se imaginaba que la del video era alguien cercano.
Nunca le dije que era yo.
Nunca le mostré mi cara.
Pero cada noche, después de enviarle algo nuevo, me quedaba esperando su respuesta con las piernas apretadas. Sabía que al otro lado de la pantalla ese hombre tímido, el mismo que me saludaba apenas en la calle, estaba jadeando y corriéndose por culpa mía.
El acecho se volvió un ritual.
Yo enviaba. Él se tocaba. Yo me excitaba sabiendo que lo controlaba sin que él lo supiera.
Hasta que una noche decidí que ya no bastaba con la distancia.







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