Cuando apareció, caminando con su paso cansado y la bolsa de siempre, levantó la vista y se detuvo un segundo. Me vio. Yo le sonreí despacio. Él murmuró un “buenas noches” apenas audible, pero esta vez no siguió de largo. Se quedó parado frente a la reja, inseguro.
—Llega tarde siempre —le dije.
Asintió. Se pasó una mano por la nuca, nervioso. Le pregunté si vivía solo. Dijo que sí, con esa voz baja que parecía disculparse por existir. Le dije que yo también estaba sola esa noche y que si quería… podía invitarme a pasar un rato. Él abrió la boca, la cerró, miró hacia la casa y después hacia mí. Al final abrió la reja.
Entré.
El olor me golpeó de inmediato.
Humedad vieja, comida olvidada, ropa que no se había lavado en días y ese tufo denso de hombre que lleva demasiado tiempo encerrado. La sala estaba en penumbra. Había platos sucios en la mesita, una camisa colgada en una silla y el televisor encendido sin volumen. Él se movía torpe, como si no recordara cómo se recibía a alguien.
—¿Quiere… agua? —preguntó.
Le dije que sí. Fue a la cocina y volvió con un vaso que no estaba del todo limpio. Me lo alcanzó sin mirarme a los ojos. Me senté en el borde del sofá. El cojín estaba hundido y olía raro. Él se sentó lo más lejos posible, con las manos juntas entre las rodillas, como un niño esperando regaño.
Intenté hablar.
Le pregunté por el trabajo, por el barrio, por cualquier cosa. Él respondía con monosílabos. El silencio se volvía cada vez más pesado. Yo miraba alrededor y sentía la repugnancia subirme por la garganta. No era miedo. Era asco puro. El olor, el desorden, la forma en que él se encogía sobre sí mismo… todo me cerraba el estómago.
Me terminé el agua de un trago y me levanté.
—Me tengo que ir.
Él también se paró, rápido, como si esperara esa frase desde que entré. No intentó detenerme. No pidió que me quedara. Solo caminó detrás de mí hasta la reja y murmuró un “que descanse” casi sin voz.
Crucé la calle hacia mi casa con el estómago revuelto y una mezcla rara de decepción y alivio. Había estado tan cerca… y al mismo tiempo tan lejos. Esa noche, cuando me metí a la ducha, todavía sentía el olor de su casa pegado a la ropa.
Pensé que no volvería a pasar.
Me equivoqué.






Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar