pero apartaba la vista apenas yo le sostenía la mirada. Yo, por mi parte, no dije nada. Dejé que el silencio hiciera su trabajo.
Una noche, cuando iba a entrar a mi casa, lo escuché llamarme en voz baja.
—Señorita…
Me giré. Estaba parado frente a su reja, con las manos juntas y la cabeza un poco agachada. Se notaba nervioso.
—Si quiere… la casa ya está más ordenada —dijo—. Y yo… me bañé.
La frase fue tan torpe y tan honesta que casi me da risa. Pero no me reí. Asentí y crucé la calle.
Esta vez, cuando entré, el olor era otro.
Había trapeado el piso, recogido la ropa, lavado los platos y abierto las ventanas. Se sentía el aire fresco de la noche mezclado con jabón barato y un poco de ambientador. La sala estaba ordenada. Hasta había cambiado la funda del sofá. Él se había peinado con agua y se había puesto una camisa limpia, todavía con el pliegue de haber estado guardada.
Me ofreció agua otra vez. Ahora el vaso estaba limpio. Nos sentamos. El silencio seguía siendo incómodo, pero ya no era repugnante. Él miraba el piso, las manos, cualquier cosa menos mis ojos. Yo lo observaba con calma. Había algo conmovedor y al mismo tiempo excitante en verlo esforzarse tanto por no asustarme.
—La otra noche… —empezó a decir.
—Estaba asqueroso —lo interrumpí sin dureza.
Él asintió, avergonzado.
—Lo sé. Por eso… intenté arreglar.
Me quedé mirándolo un rato. La panza suave bajo la camisa, las manos grandes y un poco ásperas, esa timidez que lo hacía parecer más joven y más viejo al mismo tiempo. No era atractivo. Seguía sin serlo. Pero esa noche, en esa sala limpia y con él bañado y nervioso, sentí otra vez ese tirón oscuro entre las piernas.
Me terminé el agua despacio.
Dejé el vaso sobre la mesita.
Y me quedé sentada, sin decir que me iba.
Él notó el cambio. Se le tensó la espalda. Se le aceleró un poco la respiración. Todavía no me había tocado. Todavía no me había besado. Pero los dos sabíamos que esta vez la visita no iba a terminar igual que la anterior.
La casa olía limpio.
Él estaba limpio.
Y yo ya había decidido que iba a ensuciarlo.







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